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LOS ÍNDIESDE LA NFL
National Football League

No es serio este cementerio: lo de Madrid

Entre el cielo y el suelo, Mecano (1986, va para 40 años) se hace adulto firmando 3 o 4 de las mejores canciones de la historia de la música española. José María Cano entra a degüello en la composición y en la escritura de las letras, se debate cada palabra, cada nota. Les va la vida en ello. Atrás queda el contrato con CBS. Atrás queda ese sentirse encorsetados. La libertad será cara: 3 discos más y se les apagará la luz. De hecho ya se notan (a posteriori, claro, cuando sabes dónde mirar) las disensiones que acabarán por derrumbar al grupo. Mecano es parte fundamental de lo que somos y no se explica nuestra historia reciente sin ellos. Su música lubrica nuestros primeros balbuceos democráticos. 

He puesto mucho su disco estos días mientras reflexionaba sobre lo de Madrid. Hay letras que se te meten dentro y te calzan como un guante. Y te definen más que cualquier cosa que seas capaz de articular. 

Y aunque hay buenas tumbas

están mejor los nichos,

porque cuestan más baratos 

y no hay casi bichos.

Un resumen somero y perfecto de lo que somos como sociedad. Primero el precio, luego el espacio y ya por último la comodidad. Me recuerda al chiste aquel de Annie Hall en el que dos señoras están hablando en un balneario y una le dice a la otra: “hay que ver lo mala que es aquí la comida”. A lo que la otra le responde: “y las raciones son tan pequeñas…”. Es la eterna lucha entre la cantidad y la calidad como si se auto excluyeran.

Aunque muchos han dejado por escrito esta semana su pedigrí y su antigüedad, la comunidad NFL en España es, como tal, un bebé titubeante en pañales que no sabe hablar y apenas ni señala. Proponer una unión fuerte y contundente ante la tropelía de la que hemos sido víctimas es un absurdo. Somos un nicho escueto, sin voz, sin voto y sin agallas. Mientras los periódicos se congratulan, emocionados, por las colas interminables en Ticketmaster para sacar las entradas del partido de la NFL en Madrid del próximo noviembre, los que estuvimos en ellas sabemos la verdad y es necesario dibujarla para que no caiga en el olvido. A saber:

Todo empezó hace unas semanas con una preventa oscura y subrepticia a través del banco Santander. Había que tener cuenta, al principio. Luego era necesario el bizum. Más tarde una app. Después darse de alta en otra página. Y por último te mandaban un mail para confirmarte si estabas entre los agraciados que podían acceder a comprar las entradas. Si eras capaz de sortear este laberinto estúpido e internauta llegabas a una sala de espera desde donde, a la hora convenida, te pasaban a la cola y te asignaban un número. El mío, el 55463, no auguraba nada bueno. Pero, aprendí, no es oro todo lo que reluce y no es humano todo lo que aguarda. Después de 90 minutos inciertos, como cualquier partido en el Molinón, la maquinaria se puso en marcha a una velocidad prodigiosa. Ya han limpiado los bots, comentaban unos, los más experimentados. Se dice que al final del proceso se vendieron unas 30 mil entradas. Una barbaridad para una preventa exclusiva, casi sectaria. Muchos nos quedamos compuestos y sin ticket: pese a que la cola avanzó hasta mis altos torreones, al primer vistazo me dijeron que no era apto y que buscara el 8 de Julio la suerte que hoy se me negaba. 

La venta general fue aún peor: una carnicería chusca e injusta en la que los aficionados de a pie importábamos una mierda. Primero porque el mejor cliente de Ticketmaster es su propia página de reventa. Que el colapso provocado por los 700 mil presencias electrónicas, conectadas a la vez, se diluyera cuando empezaron a aparecer en ciertas páginas web, cuyo nombre mi mano no reproducirá, entradas ya listas para la reventa es sintomático y aclaratorio. Se venden un buen paquete a sí mismos, luego nos lanzan al resto la pedrea para que nos peleemos por ella como doscientas pirañas en un bidé y mientras tanto empiezan a ofrecer billetes un 200 o 300 por cien más caros que los originales. El negocio quintuplicado. Mi número, el pasado 8 de Julio, era el 403220. Cuando me llegó el turno, porque me llegó el turno, las entradas más baratas rondaban los 300 euros. Yo tuve suerte: una amistad pudo acceder desde el puesto 76 mil y me consiguió 2 a precio razonable. Pero que mi fortuna no borre la verdad: toda la operación es una estafa insoportable en la que los aficionados no solo no importamos sino que van directamente a sangrarnos. 

No hemos madurado. No somos una comunidad adulta y capaz. Mientras unos nos dolemos, otros se congratulan y unos cuantos insultan a no se sabe bien quién. Uno sueña a estas horas con ver huecos en el Bernabéu, con que les exploten en sus manos la usura y la miseria. Se pueden hacer las cosas de mil maneras diferentes y creo que han escogido la peor. La peor para nosotros, claro. Deberíamos plantarnos en Madrid sin entradas y con pancartas. Hacernos oír en un tailgate reivindicativo. NFL sí, especulación no. Pero no se hará nada. Seguiremos encerrados en nuestro cómodo nicho sin alzar la voz y sin pedir explicaciones. No es serio este cementerio. Así nos va.


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