Que John Williams no ganara el Oscar en 1988 parece una de las injusticias más sonoras de entre todas las ocurridas en el seno de esa apestosa academia. Además, competía contra sí mismo. Pero no tuvo nada que hacer. Los viejunos habían decidido que aquella sería la noche de Bernardo Bertolucci y, pese a no tener nominación en ninguna de las cuatro categorías actorales (que fueran desconocidos actores chinos todos ellos supongo que no ayudaría), El último emperador se llevó los 9 premios a los que sí optaba, música incluida. El imperio de Williams, el del sol, se fue de vacío igual que las estupendas Al filo de la noticia, Atracción fatal o Días de Radio.

Para Spielberg era territorio conocido: apenas dos años antes, con El color Púrpura, llegaba a la ceremonia once veces nominado y las once se fue sin nada. Competir con Memorias de África era complejo, con casi cualquier película que tuviera lugar en África, en realidad. A mediados de los ochenta, entre El templo maldito y La última cruzada, el viejo Steve había abandonado el blockbuster veraniego para filmar películas más íntimas, más duras, más ¿adultas? Dos trabajos soberbios, en fin, aunque no tuvieron su justa recompensa. Sin embargo mantuvo a raya su espíritu juguetón produciendo y escribiendo el guion de una de las películas más bonitas de la historia y que ahora cumple 40 años.

La esencia de Los Goonies es que los niños son capaces de triunfar allí donde un adulto está condenado a fracasar. Olvidamos, en fin, la magia al crecer y nos volvemos frágiles y vulnerables. De entre todos los personajes de la cinta, el más entrañable (y el más imitado, al menos en mi casa) sin duda es Sloth. Tú Gordi, yo Sloth se convirtió en una frase de culto durante muchos años en mi barrio. John Matuszak, el actor bajo la máscara, fue otro de esos gigantes musculosos que cambió la NFL por Hollywood después de una carrera curvilínea no exenta de éxitos. Fue escogido por los Oilers en el 1 de 1973 como Defensive End pero después de varios malentendidos y diversos abusos de sustancias, y tras pasar por los Chiefs y los Redskins, acabó jugando para los Raiders en Oakland con los que ganó la Superbowl XI y la XV. Aunque pasara a la fama vestido de Superman, durante varios momentos de la película se puede ver a Sloth ataviado con una camiseta de los Raiders. Su temprana muerte en 1989 nos privó de un interesante actor de reparto que salió en todas las series molonas de los 80, desde Miami Vice hasta El equipo A, aunque no en el El coche fantástico.

Crecer es duro y a veces nos estancamos. Pretendemos agarrarnos a una juventud que creemos eterna y que sin embargo ya no está allí. Nos compramos un deportivo, nos ponemos Bótox o nos tiramos de un puente intentando demostrarle a no sé quién que aún podemos ser aquel chaval que se fue y no volvió. No somos más que engendros afectados por el síndrome de Peter Pan. Después de ese par de salidas de tono, Spielberg volvió al redil acabando la trilogía de Indiana Jones, mostrando un amor más allá de la muerte en Always y, a lo que vamos, exponiéndonos los peligros de hacerse mayor en la inolvidable Hook cuya enseñanza primera es que el problema no es tanto crecer como olvidar. Si Chester Copperpot no hubiera olvidado al niño que fue habría salido indemne de su búsqueda del tesoro de Willy el Tuerto. Si Robin Williams no se hubiera olvidado de reír mientras nos hacía reír a los demás, quizá estaría vivo.

Solo unos pocos elegidos pueden ser Peter, pueden ser jóvenes para siempre. Aaron Rodgers es uno de ellos. Su aura ha trascendido de tal manera que se nos hace imposible no idolatrarle. La foto que llenó las redes esta semana después del partido de Londres, con Rodgers, brazos en jarra, admirando el tush push de sus compañeros y luego mostrando el dedo índice en señal de avance, es icónica. Es una foto que justifica tu carrera. Es la sombra de Peter Pan viendo desaparecer al Capitán Garfio en las fauces del cocodrilo. Sin aspavientos, sin esfuerzo, como si ganar fuera la cosa más natural del mundo. Aaron Rodgers es la figura de esta liga y ojalá no se retire jamás.

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