Hubo un tiempo en el que, para aprobar la universidad, tuve que fingir que entendía la Teoría de Juegos y en el que, para ligar, tuve que fingir que me gustaban Milan Kundera y el cine francés de los años sesenta. Mentir nunca me ha resultado complicado pero la diversión se multiplica cuando te quieren por ser uno mismo, así que me esforcé en encontrar un nexo de unión entre lo que adoraba y lo que necesitaba. Mi escritor, entonces, era Bryce Echenique. Mi cine, los años ochenta. Mi asignatura, hispanoamericana del siglo XX. Pronto tuve claros los puentes que se podían cruzar: Benedetti había dedicado un Soneto Kitsch a una mengana, Truffaut salía en Encuentros en la tercera fase y Martín Romaña se pasaba la vida cantando Pretend, de Nat King Cole. Pero lo de los juegos nunca fui capaz de engarzarlo con nada y no fue hasta pasados los años que fui entreviendo sus significados profundos.
Este artículo iba camino de llamarse la Insoportable levedad del ser (kicker), de ahí que todo empezara con Kundera. Y es que es fascinante un trabajo en el que no te respetan, apenas te quieren, entrenas aislado, te pagan mal (en comparación) y te necesitan tanto que a la primera que la pifias te echan porque eres fundamental para el resultado absoluto de las cosas. Matt Gay, Blake Gruppe, Younghoe Koo o Michael Badgley saben de lo que hablo. Da igual que les hubieras dado un título hace 17 meses con un chut desde 79 yardas en un día helado y ventoso de Wisconsin. Todo da igual. Cuando se trata de fulminar a tu Kicker nadie duda.

Pero desde hace unas semanas (desde Madrid) se han cruzado en mi camino un montón de desquiciantes cuartos downs. En la NFL, como en la vida, como en las novelas de Javier Marías, todo depende de tu toma de decisiones. Desde un tiempo a esta parte, avalados por una seudociencia contable, un grupo de insurrectos trasnochados hasta las cejas de red bull, liderados por Dan Campbell, ha cogido la liga por los cuernos y, con un comportamiento entre insensato y suicida, se juegan cuartos downs al abrigo de una suculenta recompensa no importa en qué lugar del campo estén, cómo sea el marcador o el rival que tengan delante. Sustituyendo el sentido común por un puñado de circuitos y señales, no solo se arriesgan mucho más de lo debido sino que con ello perjudican con gravedad a su equipo.
El factor humano, en fin, es clave. Y eso es algo que una máquina nunca podrá discernir. Además, hablando ya en concreto del Dilema del prisionero, apostar conservador no siempre es la peor decisión, puede ayudarte a ganar partidos o, en el caso iniciático, a salir de la cárcel lo antes posible. Seamos concretos. En el football ADC (Antes De Campbell) la decisión de jugarse un cuarto down venía casi siempre dada por un marcador adverso en el último cuarto. La ausencia de tiempo y puntos era una mezcla insuperable a la hora de batir las indecisiones propias de un juego clásico, en blanco y negro. En el resto de casos: si estabas en field goal range en cuarto down, chutabas y, si no, sacabas al punter a trabajar. Ahora, en el postapocalíptico mundo de Dan, cualquier lugar es bueno para jugarse un cuarto down, aceptar 3 puntos es para débiles de carácter, pusilánimes y veganos y la paradisíaca promesa de los 7 puntos es siempre la única meta aceptable. Cuando entra el valor por la ventana el sentido común se va por el sumidero. Vimos a Miami, a Commanders o a Detroit jugarse cosas espantosas cuando un field goal a tiempo les habría dado la victoria o les habría acercado a ella.

Por contra, Los Browns hicieron un punt en la yarda 29 rival con 24-10 en el marcador, en 4&2 con menos de un minuto para terminar el partido. La jugada extrañó a muchos e indignó a no pocos conspiranoicos de las apuestas. La única opción real, aunque complicadísima, de remontar para Las Vegas era bloquear el field goal, retornarlo para touchdown, hacer el Onside kick, recuperarlo y volver a anotar. Ni MacGyver en sus mejores días pero, aunque estrecha, había una opción. Con el punt reducían ese margen hasta casi la nada. Aunque parecía una jugada mucho más conservadora era la que te acercaba más a la victoria y, niños y niñas, la NFL trata de victorias reales, en puntos, no morales. Es cierto que también tenemos un puñado de entrenadores vieja escuela que siempre que hay que despejar, despejan. Se ve que todos estos adventistas del cuarto down no tienen en cuenta lo que un gran grupo de Special Teams te puede dar. Y si lo unes a una rocosa defensa ya ni te cuento.
Arriesgarse no es siempre, a lo que voy, la mejor de las decisiones. A veces, para pasar al otro lado, es mejor dar un rodeo que cruzar por el puente colgante de podridas y resbaladizas lamas de madera que está a punto de venirse abajo. No es cobardía, es sensatez. La humanidad, recién desembarcada en el siglo 21, puede caer deslumbrada por promesas y renombres, luces led, títulos gigantes, logos chulos y bisutería barata. Es más rápido, más fácil, más seductor. Caer rendido a los pies de las promesas grandilocuentes de cuarto down es, en fin, abrazar el lado oscuro. Cuídate de los Idus de Marzo y medita bien tu destino en cada encrucijada.

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