Asisto preocupado al auge de la palabra terna y su mal uso en tertulias y podcasts de diverso pelaje. Como su raíz debería aclarar, el vocablo hace referencia a un conjunto de tres personas para que se designe de entre ellas la que haya de desempeñar un cargo o empleo (vid. RAE). También solemos encontrarnos con ella cuando se hace referencia a los preferidos para ganar tal o cual galardón: está en la terna de favoritos, se nos dice de un actor, de un equipo o de un ligue ocasional. El problema reside en que muchas veces el escribiente de turno cree que en terna puede caber cualquier número. Y no. Leo con estupor en Cinemanía sobre la polémica reciente del festival de cine de Venecia: “Payne asegura que Park ni siquiera había entrado en la terna de finalistas: “Nos rompe el corazón, amamos muchas películas que ni siquiera entraron en las 8 finalistas”. Además de las innecesarias repeticiones, meter ocho donde caben tres está al nivel de aquella influencer asiático americana que te colocaba 77 camisetas en el cajón de abajo de la cómoda y aún tenía sitio para calcetines y preservativos.

Sigo de reojo la carrera de Alexander Payne, presidente del jurado en Venecia este año, desde Sideways (Entre copas en los multicines patrios). Más allá de las amistades que le unan, o los favores que le deba, a Jim Jarmusch, Payne se ha metido en un jardín geopolítico que acabará por empañar su obra. No debería. Es el típico guionista sin una idea brillante pero con una asombrosa capacidad de adaptación que le hace a uno llorar. Así salí del cine aquella noche hace 20 años. No era una buena época y tan fácil me puso Payne meterme en los pantalones de ese depresivo casi calvo y gordito escritor frustrado, marido frustrado, con excesiva querencia por el alcohol, que acabé con el pastoso paladar de quien ha estado toda la noche degustando destilados, congestionado y con aroma a sal en las comisuras.

Pero venimos a hablar de About Schmidt, porque aún no había salido Jack Nicholson en estas páginas (error) y va camino ya de los 90 años. Una película amable, a propósito de, no la mejor de su director ni mucho menos pero multiplicada por un Nicholson que, como Woody Allen, hace siempre de sí mismo y está siempre insuperable. Me acordé de todos ellos, de Payne, de Jack, de Giamatti y del Pablo de 2004, ayer, al final del primer turno del Redzone, mientras André Szmyt dilapidaba antes de empezarla su carrera como kicker en la NFL. El de Illinois, después de su paso por Syracusa y de su breve estancia en el edificio de los ositos, había conseguido el puesto titular en Cleveland desplazando a Dustin Hopkins. Los Browns abrían curso con el típico duelo descarnado y desagradable ante sus vecinos de Cincinatti. Myles Garret y compañía mantuvieron al equipo en el partido, el ataque de Burrow (uno de los más productivos del panorama) hizo 7 yardas totales en la segunda parte, se sucedían los sacks, los palos y los punts, Flacco movía las antiguas cadenas (ahora píxels) y en las gradas se pensaba en la victoria porque estaba ahí, al alcance de la mano y del pie de este muchacho que, mientras le surgía la ocasión con los grandes, pasó el año 2024 en los St Louis Battlehawks de nuestra amada UFL.

Nicholson con su famoso casco de football en Easy Rider (www.bamfstyle.com)
Dos patadas sencillas, una para completar un touchdown y otra para finiquitar el partido, dos momentos estelares, dos fiascos tremebundos. Los analistas locales se lo quieren merendar sin esperar segundas jornadas, los compañeros le apoyan porque no les queda más remedio y él intenta hacer de tripas corazón hablando de aprendizaje, de superación y de un problema de exceso de velocidad en la carrera. Yo le veo ya como Paul Giamatti, bebiendo vino del caro con un vaso de cartón en una hamburguesería de carretera mientras sobre la mesa yace el enésimo contrato sin firmar. A veces, cuando miras a la cara al fracaso éste te mira a los ojos, o quizá era al abismo, o puede que errar sea un agujero negro. Los que hemos sufrido en nuestras carnes el rechazo editorial sabemos lo que duele fallar ante la mirada atenta de los que esperan que brilles. Es un dolor del que no es fácil salir. A propósito de Szmyt.

André Szmyt en la cuenta de twitter del equipo que siempre le amó, los St louis Battlehawks.
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