Solo hay que echar un vistazo a la obra de Edward Poynter para catalogarla dentro del Neoclasicismo Victoriano, tan de moda entre los pintores británicos del siglo XIX. No fue su máximo exponente pero su nombre siempre aparece cuando se habla de los maestros que lideraron dicho periodo y llegó, incluso, a dirigir la Real Academia de las Artes. Acaso su obra cumbre sea La visita de la reina de Saba al rey Salomón, una pintura de madurez que resume bien sus intereses, sus influencias y sus capacidades. Vivió fascinado, parece obvio, por la cultura e historia grecolatinas y uno de sus momentos más célebres, la erupción del Vesubio en el año 79, le marcó tanto que le dedicó uno de sus cuadros más famosos: Fiel hasta la muerte, obra de 1865 que se expone en la Walker Art Gallery de Liverpool. En él puede verse a un legionario romano, apoyado en su lanza, de pie en su puesto mientras detrás de él la ciudad se suma en el caos y la destrucción ante la lluvia de lava y ceniza. En sus ojos (y en su armadura) se reflejan las llamas que devoran Pompeya y hay en ellos un indudable temor, pero también resolución y compostura militar. Esa mezcla trágica de un destino fatal y los valores heroicos de la antigua Grecia, la búsqueda de la excelencia, el honor y la fama, por difíciles que parezcan los encargos, inspiró sin duda a John Heisman en su famoso discurso previo al partido, jugado el 23 de noviembre de 1918, entre Pittsburgh Panthers y Georgia Tech.

Heisman disfrutó en Georgia del periodo más largo de su carrera al frente de un mismo equipo, al dirigir los designios de los tecnológicos durante 16 años. En 1917 su equipo fue reconocido como el mejor de la nación, rompiendo así el dominio de Pittsburgh que, bajo las órdenes de Pop Warner, había recibido ese honor nominal en 1915 y 1916, llegando a estar 29 partidos seguidos invicto, y que volvería a recibirlo en 1918. Dick Jemison, periodista del Atlanta Constitution, propuso la idea de jugar un partido, a beneficio de la Cruz Roja, entre los dos equipos para decidir así al verdadero campeón. Georgia Tech había ganado 83-0 a Vanderbilt (la derrota más severa de su historia) y 41-0 a Penn State (a los que Pittsburgh sólo había podido vencer 14-6) así que a Warner no le hacía mucha gracia aquel partido. Declinó la invitación y, aunque su equipo terminó la temporada invicto, puso en bandeja de plata la mención honorífica para los chicos de Georgia que se convirtieron, así, en el primer equipo sureño en ganarla. Pero no es de John Heisman de quien he venido a hablar hoy, por mucho que dé nombre al trofeo de mejor jugador de College del año en football, por mucho que su acertada disertación sobre el coraje, el honor y los valores clásicos dejara sin palabras a sus jugadores aquella tarde del 23 de noviembre. No. Y tampoco de Pop Warner, pese a que es sin duda uno de los 4 entrenadores más influyentes de la historia del football universitario, por mucho que estuviera escuchando las palabras de Heisman con la misma atención que los jugadores de Georgia Tech (los vestuarios estaban construidos uno al lado de otro y las paredes eran finas como mortadela bien cortada) y, al terminar aquel de hablar, mirara a sus jugadores y, con su sorna habitual y su acerado mirar, les dijera: “bien, este es el discurso, ahora salid ahí y arrasad a esos tipos”. No. De quien les vengo a hablar es de Frank Hinkey.

Hinkey, defensive end de Yale desde 1891 a 1894, es uno de los apenas cinco jugadores de toda la historia en ser elegidos para el primer equipo All-American (la distinción concedida a los mejores jugadores de cada curso) durante los cuatro años de su carrera universitaria. Un periodista dijo de él que cuando se hiciera la lista de los mejores Ends de la historia, Hinkey debería ser siempre el primer nombre escrito en ella. El mismísimo Walter Camp le metió en la que configuró él en 1910 y nuestro amigo Pop Warner dijo que, libra por libra, era el mejor jugador de la historia de football americano. Fuera del campo era un tío huraño, sin amigos, al que apenas se le entendía nada al hablar. Sus compañeros en Yale le llamaban Silent Frank. Pero una vez que se ponía el uniforme se convertía en una bestia imparable. Su vida da para una película (o para una serie de HBO con 4 temporadas). Jugaba contra las indicaciones de sus médicos que le aconsejaban colgar las botas por culpa de una crónica dolencia pulmonar. Su récord como jugador fue un impresionante 52-1, bastante mejor que como técnico (llegó incluso a ser árbitro durante un torneo indoor que se jugó en NY y del que quizá hablemos un día). Dirigió un par de plantas de fundición de Zinc, en Kansas y en Illinois, y curró en una correduría de seguros. Al final sus dolencias le dieron caza e ingresó en un hospital para tuberculosos en Carolina del Norte donde batalló 3 años contra la enfermedad y donde murió, cigarrillo en mano, a la estrecha y recién estrenada edad de 55 años. En las fotos se le advierte serio, pausado, a un paso siempre de la irritación. Los ojos son despiertos, empero, inteligentes y la piel estropeada, enfermiza, amarillenta. Fue incluido en el salón de la fama del football universitario en 1951, el año de su fundación, junto con figuras clave del deporte americano como Jim Thorpe, Amos Alonzo Stagg o los mencionados Pop Warner y Walter Camp.

Por si a alguien le produce curiosidad: después de la arenga clasicista de Heisman a sus chicos estos hicieron el ridículo más espantoso perdiendo 32-0 a manos de los Panthers. Eran años muy complejos y a la habitual rotación imparable en el deporte universitario se había unido la Primera Guerra Mundial y la gripe española (aquellos primeros años del siglo XX todo lo malo en Estados Unidos tenía que ver con España, un poco como ahora). El equipazo de Georgia Tech de 1917 pasó a la historia como uno de los que ganó sus partidos con más puntos de diferencia. Pero al año siguiente no quedaba de él ni siquiera un vago remedo. Hoy se les recuerda poco, como a Frank Hinkey, pero fueron fundamentales para que podamos disfrutar el deporte que tanto amamos.
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