Hace poco alguien preguntó en un grupo si el ambiente en un partido de college o NFL es similar al del fútbol europeo. La primera reacción instintiva es la de contar la experiencia propia, tras varios encuentros en Londres, Alemania o incluso en los propios Estados Unidos donde las raíces que vertebran el tailgate se adentran incluso en los partidos de instituto. Pero creo que la mejor manera de explicar el abismo que diferencia la testosterónica violencia verbal (y a veces física) que estamos acostumbrados a sufrir en los estadios durante un partido de lo que los americanos llaman soccer, y el jolgorio y la algazara de estar sentado en medio de la afición de un equipo de football, no digamos ya si es college, es a través de la experiencia de Dave.
Dave es un muchacho dublinés que aseguraría que pasa de la treintena si no fuese porque el tono rojizo de su escasa barba le puede situar perfectamente tanto en los 20 como en los 50. Él, como tantos de sus paisanos, acudió el pasado sábado a disfrutar del partido inaugural de la temporada del college football norteamericano en la capital de Irlanda. Porque la globalización, pero también los profundos nexos que aúnan Eire con Estados Unidos, hacen que lo que se inició como un homenaje al origen del sobrenombre de los Fighting Irish de Notre Dame se haya convertido ya en un clásico. En concreto, el Aer Lingus College Football Classic de Dublín, no vayamos a olvidar que en la cuna de la publicidad y el marketing todo va acompañado de una marca comercial.

Que a Dave le gusta el football lo demuestra su camiseta de los Eagles con el 1 de Jalen Hurts a la espalda. Que conociese la historia, milagros y desventuras de los Iowa State Cyclones y los Kansas State Wildcats que se enfrentaban en el Aviva Stadium no queda tan claro, al albur de su decisión de animar a estos últimos mientras se encontraba sentado en medio de la grada de los Cyclones, más por animadversión hacia un seguidor algo pesado de Iowa State que por su afición a Avery Johnson y compañía.
Lo que en fútbol probablemente hubiese supuesto un suicidio social para Dave durante las más de tres horas que duró el partido, en el Aviva se convirtió en su gasolina. Porque, al contrario de lo que pudiera pensarse, sus peculiares gritos a favor de los Wildcats despertaron la hilaridad de los vecinos de grada, que ataviados con sus camisetas del cardenal y dorado que da color a los Cyclones, animaban cada vez con mayor ahínco no solo a su equipo, sino a las invenciones de Dave.

Porque el buen dublinés no podía estar quieto. Se dejaba llevar, que sonará eternamente en la voz de Antonio Vega. Fluía, en jerga más actual. Si no era para celebrar un touchdown de Kansas State mientras sonreía a los rivales pero también risueños aficionados de los Cyclones, era para iniciar y liderar una beer snake, o cúmulo de vasos en forma de torre, jaleada por toda la grada y que hasta el vigilante encargado de romper no pudo dejar de hacerlo con una sonrisa.
Porque Dave estaba allí para ser y hacer feliz, para adaptarse a lo que le iba pidiendo el ambiente, aunque eso supusiese defenestrar su amada camiseta Eagle cuando, después de finiquitar una cerveza de un solo trago ante los vítores del respetable, el estómago le replicase diciéndole que ya era demasiado. O no, porque Dave volvió, ya sin camiseta, para despedirse del público, su público, no sin antes celebrar con ellos la victoria del que hasta poco antes parecía su rival, e incluso chocar la mano con aquel aficionado, ya no tan molesto, que eufórico festejaba el triunfo de sus Cyclones.
“That’s football, guys”, que diría Pacino en la piel de Tony D’Amato. El deporte que amamos tiene algo que lo hace aún más especial cuando se vive en directo, y no tiene tanto que ver con sacks, precisos pases al corner o espectaculares retornos que van aumentando el nivel de excitación en los gritos la grada. Que también. Pero es precisamente esa reverberación de un público entregado a la diversión, sin importar tanto si la gran jugada procede del propio o del rival, valorando el esfuerzo de los jugadores en cada drive y disfrutando de la experiencia sin expectativas sobre el resultado, lo que concede a un partido de football la categoría de experiencia única.

Y eso es solo el final. Antes de que el kickoff tenga lugar, incluso de que las puertas del estadio se abran, las aficiones de ambos conjuntos inundan la ciudad tiñendo las calles de los colores de sus equipos y, principalmente, de buen humor. Porque da igual la camiseta que lleves, incluso si es la de un viejo archienemigo como Texas: a los cuernos hacia abajo le siguen una sonrisa y un choque de manos. Porque lo importante aquí es pasarlo bien. Dejarse llevar. Fluir. Be water, my friend. O más bien, y en honor a nuestro dublinés favorito: Be liquid, like Dave.
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