Durante 56 minutos reinó el caos. Cristales pulverizados alfombrando los suelos, humo, sangre, gritos, desesperación. Welles Crowther, que trabajaba para Sam O`Neill y Asociados, en el piso 104, consiguió llegar hasta el vestíbulo de la planta 78, justo sobre la zona en la que había impactado el segundo avión, después de dejarle un mensaje en el contestador a su madre diciéndole que estaba vivo, que se encontraba bien. Allí se cruzó con un grupo de supervivientes. Cargando con una mujer herida en los hombros, les guio por la única escalera transitable y les acompañó en el descenso durante 17 pisos. Una vez allí dejó a la mujer herida al cuidado de los otros y volvió a subir. Se cree que fue en esos momentos cuando se colocó en la cara el pañuelo rojo, para contener el denso humo negro que le dificultaba la respiración. Ese pañuelo era su sello, su distintivo. Su padre le había regalado uno parecido cuando era pequeño, a los cinco o seis años, y Welles lo convirtió en su emblema. Lo llevaba siempre encima. Creía que le daba suerte y lo colocaba debajo de la camiseta cuando jugaba algún partido de los muchos deportes que practicaba en el instituto. Luego, al apuntarse a Lacrosse en la universidad, en Boston College, continuó con la tradición. De regreso a la planta 78 se encontró con más gente. Según Judy Wein, que trabajaba en la 103 y había sido capaz de bajar hasta allí a duras penas, Welles les ayudó a combatir el fuego y a suministrar los primeros auxilios a los heridos. Ella, por ejemplo, tenía el brazo roto, un par de costillas fracturadas y un pulmón lacerado. Después de estabilizar la situación todo lo que pudo, les condujo a las escaleras y les animó a dirigirse a la calle mientras él volvía para seguir ayudando. La última vez que se le vio, colaboraba con varios miembros del departamento de bomberos de Nueva York antes de que la Torre Sur colapsara. Eran las 9 y 59 minutos de la mañana de un soleado martes de septiembre. Corría el año 2001.

Este viernes se cumplen 25 años de los atentados del 11S y, como no podía ser de otro modo, ni el College Football ni la NFL van a dejar pasar la ocasión de homenajear a las víctimas. En el partido de Boston College, que recibe a Rutgers esa misma noche (madrugada, 1.30 de la mañana, horario peninsular español) los primeros 10 mil espectadores que se asomen a las gradas del Alumni Stadium serán obsequiados con un pañuelo rojo idéntico al que llevaba Welles Crowther aquel fatídico día. Durante muchos meses su familia desconocía qué había sido de él después del mensaje que dejó a su madre en el contestador. Luego, cuando leyeron en el New york Times la historia de Judy Wein acerca del hombre del pañuelo rojo que les había salvado la vida, supieron que se trataba de Welles. Llamaron a Judy y a otros supervivientes y les enseñaron fotos de su hijo y hermano. Todos le reconocieron sin vacilar. El viernes, cuando el equipo de Boston College salte al campo, llevarán un uniforme especial con parches confeccionados con ese tipo de pañuelos. La familia de Welles y de otros alumnos de Boston College fallecidos ese día estarán sobre el campo antes del comienzo del partido que será retransmitido por ESPN2 de modo que, en España, se podrá ver de manera legal mediante Disney+. La elección del rival no es ni mucho menos azarosa. Rutgers es el programa FBS más cercano a la ciudad de Nueva York y, como tal, no serán ajenos a ofrendas y homenajes: a su tradicional vestimenta roja añadirá una leyenda, “never forget”, escrita en el lateral del pantalón y un gran número 37, con el azul y rojo de las barras y estrellas, decorará sus cascos. 37 fueron los alumnos de Rutgers muertos en el ataque y posterior desplome de las Torres Gemelas.

Se estima que Welles Crowther salvó la vida de 18 personas aquella mañana. Desde entonces, en su nombre, han surgido proyectos deportivos, carreras benéficas, se han bautizado parques e incluso se otorga anualmente un premio humanitario al jugador de la liga nacional de Lacrosse cuyo impacto en la comunidad sea más profundo. Uno de los pañuelos de Welles Crowther reposa para siempre en el Museo del 9/11 para recordarnos al chico que, en mitad de la vorágine, tuvo el temple suficiente para salvar la vida de todos los que fue encontrando a su paso. Un héroe si me preguntan.
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