Se llamaba Paul William Bryant aunque todos le conocían por su apodo: Bear. La historia de cómo se ganó el mote quizá diga más del personaje que cualquier otra cosa de las que se hayan contado sobre él y su legado. El mes pasado habría cumplido 113 años y, 100 antes, durante unas fiestas de carnaval en un pueblecito de Arkansas, un promotor se le acercó ofreciéndole un dólar por cada minuto que durara en el ring contra un oso amordazado. Paul era ya un chaval bastante grande y ni se lo pensó. Durante la pelea, al oso se le cayó la mordaza y logró pegarle un mordisco en la oreja, además de dejarle alguna que otra marca. Magullado, mordido y ofuscado, buscó al promotor por todos lados pero este había desaparecido. No vio un céntimo aquella tarde pero se ganó un apodo para toda la vida. Lo que no trascendió es si el promotor volvió a por el oso o qué pasó con el pobre animal.

Bryant jugó como End en Alabama, a principios de los 30, y poco después de graduarse comenzó su carrera como entrenador (primero de línea, luego entrenador en jefe). En el 42 se alistó en la marina y le destinaron a las escuelas de entrenamiento militar que el ejército estaba montando en universidades como Georgia o North Carolina. Su trabajo era dirigir los equipos que se iban formando con los jugadores que se alistaban. Allí coincidió con figuras estelares como el mítico Quarterback los Browns Otto Graham, el Runningback de Wisconsin y de los Detroit Lions Pat Harder o con el entrenador Jim Crowley, uno de los cuatro componentes del famoso Four Horsemen de Notre Dame. En 1943 fue destinado al SS Uruguay y durante un traslado de tropas, formando parte de un convoy que atravesaba el Atlántico Norte, el petrolero USS Salmonie sufrió una avería y se estampó contra el lateral del Uruguay provocándole un boquete de más de 20 metros. Aquel día murieron 13 soldados y quedaron heridos más de 50: solo la rápida construcción de un mamparo temporal evitó que el barco se fuera a pique y se llevara por delante la vida de todos los pasajeros, nuestro protagonista incluido. Esa fue toda la acción de guerra que vio Bear Bryant que fue licenciado poco después.

A la vuelta de la guerra entrenó en Maryland, en Kentucky, en Texas A&M y, al fin, en Alabama a donde regresó en 1958 para ocupar el puesto durante casi 25 años: cuando mamá te llama, vuelves corriendo, dijo. Allí, en Tuscaloosa, es considerado una leyenda: le dio nombre al estadio, al museo e incluso a una avenida. En ese periplo ganó 6 campeonatos nacionales, 14 de la SEC, fue nombrado entrenador del año 3 veces y pertenece al equipo de todos los tiempos de la Southern Conference. Su última temporada, la de 1982, fue una de las peores. Perdió contra LSU, contra Auburn y contra Tennessee, en la rivalidad del Tercer Sábado de Octubre, rival que no le batía desde 1970 y que anoche volvió a ganarles contra todo pronóstico. A ese partido, jugado el 16 de octubre de 1982, esta semana se cumplieron 44 años, pertenece la mítica foto en la que el entrenador local, John Majors, llevado a hombros por sus jugadores y ante la invasión de campo por parte de un público enfervorecido, le da la mano a Bear Bryant en el medio de la vorágine. Después de 11 dolorosas derrotas seguidas al fin se vencía al eterno rival y aquello hizo mucha mella en Bryant. En las 1001 College lo recordamos así https://x.com/1001College/status/2110268143654347085

Cansado, mucho más viejo de los años que tenía, se obligó a dar paso a las nuevas generaciones: amo Alabama, dijo, amo a este equipo, pero ahora mismo se merecen algo mejor yo. A sus íntimos les confesó que su vida, lejos de los campos, no tenía sentido y que moriría pronto. Fatídicamente, su mal augurio se cumplió. El 29 de diciembre dirigió a sus chicos por última vez: jugaron (y ganaron 21-15) la Liberty Bowl contra Illinois. 27 días más tarde moriría de un ataque al corazón en el hospital Druid City donde había sido ingresado el día antes aquejado de un fuerte dolor en el pecho. Atrás quedaban un legado inigualable y una vida licenciosa. Le hicieron poco menos que un funeral de estado al que es considerado el mejor entrenador de la historia de la Universidad de Alabama. Hoy, los recién llegados, pensamos, equivocadamente, que ese hombre es Nick Saban. Hubo otro antes mejor, mucho mejor, un tipo que con 13 años se subió al ring a luchar contra un oso y que lidió toda su vida con las cicatrices, que no se dejó amilanar y que intentó vencer a sus propios fantasmas hasta que estos le alcanzaron.

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