Mientras sus compañeros cenaban en el comedor del hotel, Jack reflexionaba en su cuarto, pluma en mano, emborronando uno de los papeles con membrete del Curtis Hotel de Minneapolis. Era tan solo un chaval de 21 años fantaseando con su primer gran partido de football, mientras en la calle se extinguía el 5 de octubre de 1923. Pero, a la vez, era muchas cosas más. En aquella época se maduraba antes, se vivía rápido, se corría más (Jack se había casado con su novia, Cora, antes de empezar en la universidad y vivían juntos en el tercer piso del Templo Masónico, donde Jack trabajaba como conserje, a unas dos millas del campus). La nota la encontraron varios días más tarde, en el bolsillo de su abrigo, y Raymond Pearson, presidente de Iowa State, la leyó el día de su funeral, con permiso expreso de Cora, ante las casi cuatro mil personas que se congregaron. En ella afirmaba que el honor de su raza, de su familia y el suyo propio estaban en juego aquel sábado: Jack Trice era el primer jugador negro de la historia de Iowa State. Uno de los primeros de la historia (luego vendrían otros como Ozzie Simmons) Todos esperan de mí que haga grandes cosas, escribió Jack. Y lo haré.

En la segunda jugada del partido, después de un duro choque contra un rival, se rompió la clavícula. Eso no le detuvo. Siguió entrando duro a cortar el juego de carrera de la ofensiva de Minnesota. Como había escrito también la noche anterior, en la soledad de su cuarto (no le dejaban comer a la vez que el resto de jugadores blancos), le preocupaba hacer bien el roll block, una técnica en la que el jugador se lanza horizontalmente a los pies de los bloqueadores y rueda hacia ellos para desestabilizarles y pararles. La clave era acabar el movimiento y quedarse a cuatro patas, de lo contrario se corría un grave peligro. Hace muchos años que este tipo de jugadas están prohibidas. Al principio de tercer cuarto, en un roll block mal ejecutado, Jack terminó boca arriba con los ojos fijos en los jirones de nubes oscuras que se veían entre las cabezas de los jugadores de Minnesota que se abalanzaban sobre él. Varios pares de botas de clavos cayeron sobre su cuerpo indefenso provocándole numerosas heridas internas. Le llevaron al hospital pero los médicos decidieron que operarle entrañaba mucho peligro así que cogió el mismo tren que el resto de sus compañeros, camino de Iowa, y se tumbó en una improvisada camilla hecha de paja donde agonizó lentamente todo el trayecto. Murió varios minutos después de las tres de la tarde del ocho de octubre.

Años más tarde, ni sus propios compañeros pudieron ponerse de acuerdo sobre la jugada. Para algunos fue fortuita, un accidente. Para otros un asesinato. Jack fue apenas uno de los 18 jugadores de football que murieron en el campo aquel 1923. En aquel entonces sucedían esas cosas. Pero también fue un pionero, un muchacho negro en un mundo de blancos: ni siquiera el 1% de la población de Iowa era negra en esa época. Tristemente, los hechos que no debieron olvidarse se perdieron. La historia se convirtió en leyenda. La leyenda se convirtió en mito. Y la historia de Jack Trice pasó a ser poco más que una placa polvorienta en un viejo gimnasio de universidad. Allí se la encontró Tom Emmerson, un estudiante de periodismo, en 1957. Escribió un artículo para la publicación del campus con los pocos datos que pudo reunir, pero la cosa no pasó de ahí.

No fue hasta los años 70 cuando se dieron las condiciones necesarias para que la historia de Trice reflotara. Alan Beals, entrenador de atletismo, reparó en la placa y lo comentó con Charles Sohn, profesor de inglés. Este propuso a su clase un ejercicio de investigación sobre la vida de ese chico que 50 años antes había merecido una placa por parte de la Universidad. Uno de los alumnos comentó que deberían bautizar como Jack Trice Stadium el nuevo campo que estaban construyendo y que aún no tenía nombre. En los periódicos se leían avances sobre la lucha por los derechos civiles, el clamor por el fin de la guerra de Vietnam y la búsqueda de la justicia racial. La historia de un atleta negro que había muerto rodeado de blancos y luchando por el honor de su raza, resonó con fuerza. Se recogieron firmas, se formaron comités, se publicaron artículos. Pero la administración no estaba por la labor.

Primero llamaron Cyclone al estadio y en 1984 aceptaron ponerle Jack Trice al campo de juego, no a todo el complejo. También lograron que se erigiera una estatua en su honor aunque la meta final se les resistía. Los estudiantes nunca se rindieron y siguieron luchando por algo que creían justo. Ni una sola generación echó un solo pie atrás y en 1997 consiguieron que el estadio entero llevara el nombre de aquel joven muchacho de Ohio que había llegado a Iowa para hacer historia. Jack había escrito que el honor de su familia y de su raza entera estaba en juego y que él estaba llamado a hacer historia. Y así fue, aunque 75 años más tarde. I Will, escribió. Lo haré. En aquel entonces (y aún hoy) es el único estadio de la FBS cuyo nombre pertenece a un atleta de color. Uno entre 138. Jack era consciente, en aquella habitación de hotel, de todo lo que estaba en juego en el campo al día siguiente y dio su vida por conseguirlo.
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